Desde la barrera – Hasta la curación … y más allá

El próximo domingo 23 de abril, nuestra doctora Lucía González Cortijo afrontará los 42 kilómetros del maratón de Madrid en un reto impensable para la mayoría de nosotros. Aquí va nuestro pequeño homenaje anticipado.

 

“No llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos…” (Juramento hipocrático)

La única vez que he visto una película de dibujos animados sin ir acompañando a un niño fue hace veinte años (cuántas cosas nos han pasado ya hace veinte años…), animado por una crítica que, literalmente, te sugería, si no tenías hijos, robárselo a tu vecino con el exclusivo objetivo de llevártelo al cine como excusa para poder verla tú. La película en cuestión era “Toy Story”, cuyo argumento es de sobra conocido: los juguetes de un niño, Andy, aparentemente muñecos inermes, cobran vida cuando él no está presente, y su monótona existencia se ve alterada por la llegada de un nuevo compañero, un guerrero espacial que, por alguna razón, desconoce su condición juguetil y, cual Quijote de las estrellas, vive obsesionado con dar cumplimiento a la misión galáctica impresa en la caja en la que viene empaquetado.

Con sus enormes ojos e inacabable optimismo, Buzz Lightyear es un personaje entrañable. En su empeño por dar cumplimiento a su destino de superhéroe y haciendo gala de una extraordinaria capacidad de liderazgo, no solo se pone a hacer ejercicio para mantenerse en forma sino que consigue que todos los demás juguetes también lo hagan en su empeño por acompañarle en su cruzada estelar (es impagable la imagen del Señor Patata haciendo pesas…). Como muchas otras películas de dibujos animados, la cinta está plagada de mensajes que uno solo entiende cuando hace tiempo que ha dejado atrás la infancia.

La doctora González Cortijo ha cambiado la vida de sus pacientes del mismo modo que Buzz Lighyear revolucionó la habitación de Andy. Al igual que ocurre en otros trabajos, la profesión médica se ha transformando convirtiendo a los doctores, en cierto modo, en juguetes al servicio de un niño llamado economía de mercado. Y aunque, indudablemente, pueden ponerse muchos peros al sistema, está bien que así sea. Es cierto que los médicos de hoy en día dedican menos tiempo a conocer a cada paciente en aras de la productividad, pero a cambio de ello son más eficientes y su atención llega a más gente. Se espera de ellos que su trabajo se traduzca en indicadores de productividad: más clientes con el menor coste posible. Qué importa que, además de curarse, los pacientes sean más felices o su vida interior se haya transformado. Así es el mundo, para los médicos y para todos los demás en nuestros respectivos ámbitos.

Pero, del mismo modo que Buzz Lightyear no aceptaba su destino de juguete al servicio de un niño, Lucía tampoco se ha resignado a ser “solamente” (¡como esto tuviera poco mérito!) una excelente profesional de la medicina. Al igual que el superhéroe de Toy Story, Lucía ha ido hasta donde le exigen los códigos deontológicos de su profesión… y más allá. Mucho más allá. Ha puesto al resto de la habitación a hacer ejercicio, les ha hecho tener más iniciativa, ser más seguras. A perseguir sus sueños, en suma. En cierto modo, su filosofía recuerda a la de los antiguos médicos de pueblo, aquellos que conocían de memoria el nombre de todos sus pacientes, que llevaban su historial clínico en su mente sin necesidad de aparatos electrónicos y que entendían que hacer compañía y reconfortar el alma de los pacientes era tan importante como cuidar de sus cuerpos. Aquella forma de enfocar la profesión era posible en un mundo que todavía no se desvivía por medir todo en números y en dinero, pero seguramente también era una forma de paliar una carencia de medios que impedía luchar en condiciones contra muchas enfermedades.

Desde que se puso en marcha “Corre en rosa” he pensado mucho en las implicaciones que este proyecto tiene para su creadora. En cuanto a la enorme exigencia en términos de sacrificio personal de tiempo y esfuerzo pero sobre todo en las consecuencias anímicas derivadas de establecer un vínculo con sus pacientes más allá de las cuatro paredes de la consulta. Ignoro si en las facultades de medicina se dedica mucho tiempo a reflexionar sobre la relación del médico con sus pacientes. Pero de lo que estoy seguro de que en ninguna se recomienda a los alumnos hacerse amigo de ellos. No por inhumanidad, al fin y al cabo nada hay más humano y solidario que dedicar tu vida a curar a los demás, sino por un comprensible intento de salvaguardar el equilibrio emocional de alguien destinado a convivir diariamente con el dolor y el sufrimiento ajeno. Y no digamos ya si la especialidad elegida es la oncología, reservada solo a los más valientes.

Lucía ha cruzado sin pasaporte la frontera que recomienda no mezclar el trabajo con el amor, pues ella ha puesto su corazón en este proyecto. Por ello vive en directo los altibajos de sus chicas en un grupo de casi 200 pacientes oncológicas donde hay historias para derrumbar al médico más impasible. Visto en perspectiva, es posible que ni ella misma previera las dimensiones que iba a alcanzar su proyecto y la importancia que cobraría para la vida de todas sus rosas y que haya ha sido arrastrada por la marea rosa cual pececillo Dori en las corrientes australianas.

Lucía no vino en una caja, pero si yo tuviera superpoderes la clonaría y le regalaría una a cada persona que aprecio. Y cuando alguien le preguntase por qué pone a correr a sus pacientes, contestaría parafraseando a Buzz Lightyear mientras llevaba por los aires a su amigo Woody: “Esto no es correr. Esto es…. ¡curar con estilo!”

 

 

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