Desde la barrera – Soy de Corre en Rosa

Las luces de la autopista circulan frente a mis ojos enrojecidos por las últimas horas mientras el coche se desliza por el asfalto hacia las afueras de la capital. Las veo borrosas, desenfocadas, mi mirada se pierde y solo percibe de forma inconsciente el movimiento cadencioso del limpiaparabrisas en su lucha incansable contra el aguacero. La noche lluviosa se confunde con las tinieblas que, desde ayer, han extendido un oscuro manto sobre mi ánimo. Contesto con monosílabos al monólogo con el que Maite, mi amiga, trata en vano de levantarme el ánimo. La palabra que hasta ayer solo tenía una existencia incorpórea, virtual, que vivía encerrada dentro de mi interior y que, en mis pesadillas, trataba de apartar a un inalcanzable desván en lo más profundo de mi mente se ha convertido de repente en un monstruo que ha cobrado vida al ser pronunciada en voz alta por los labios de otra persona. Cáncer. El diagnóstico de la doctora cayó sobre mí como una sentencia pronunciada por un tribunal inquisidor que me juzga sin que sepa aún cuál es el delito que he cometido.

Las seis letras aterrizaron de repente en la consulta como jinetes anunciadores del apocalipsis. De inmediato, las ideas comenzaron a agolparse en mi mente mientras trataba de comprender el alcance de la batalla que voy a tener que iniciar, y para la que no me siento en absoluto preparada. Lo peor no es el temor que siento por mí, la sensación de que el árbitro quiere pitar el final del partido cuando todavía está por jugarse toda la segunda parte, sino la infinidad de preocupaciones que, implacables, van pidiendo la vez una detrás de otra y agolpándose frente a la ventanilla de reclamaciones: mis hijos, aún pequeños; mi marido, cargado de obligaciones en su trabajo; mis padres, en el inicio de su vejez; mi hermana, mi alter ego en la vida; cómo se lo comunicaré a todos ellos sin derrumbarme…

Mis pensamientos vuelven sin cesar a las cuatro paredes de la consulta, a las fotos de niños sonrientes sobre la mesa, al calendario transformado de repente en una cuenta atrás. Por lo menos, aquella pequeña doctora llena de energía parece un buen aliado para embarcarse en esta guerra. Agradecí su sinceridad: “no te puedo garantizar con seguridad que te curarás”, me dijo, “porque eso no está al alcance de ningún médico, pero sí puedo prometerte que lucharé, que lucharemos con todas nuestras fuerzas para vencer a la enfermedad. Va a ser muy duro, no te lo niego, pero existe una alta probabilidad de que lo logremos. Y estoy convencida de que vamos a conseguirlo”. Sus palabras me reconfortaron. Me miraba a los ojos, a lo más profundo de mi interior. Sentí que estaban pronunciadas con el corazón, como las habría pronunciado mi mejor amiga y no una persona para la que esta frase forma parte de su rutina diaria.

Mi mirada deja de vagar para detenerse en una gota que se desliza por el cristal, e inconscientemente pienso en un gotero. La quimioterapia. Tengo miedo, la temo casi tanto como a la propia enfermedad. A la caída del pelo, a los vómitos, a que el espejo me devuelva a una persona distinta, a no poder levantarme de la cama, a convertirme en un ser dependiente cuando hasta ayer llevaba con naturalidad tener que ser el sostén físico y moral de toda la familia, de mis pequeños y de mis mayores. Quiero comenzar ya, pero me aterra el momento en que esas gotas de veneno comiencen a entrar en mi cuerpo.

Ya hemos llegado. Descendemos del coche en un aparcamiento atestado y nos dirigimos con paso firme y en silencio hacia el recinto. Ha cesado la lluvia y las luces de las farolas se reflejan en los charcos. Hace frío. Una noche magnífica para quedarse en casa, pienso. ¿Qué hago yo aquí? ¿Cómo me he dejado convencer? Por probar no se pierde nada, me digo, pero hoy mi sitio no está aquí. Me apetece encerrarme en mi cuarto y llorar hasta quedarme vacía.

De la mano de Maite, entro en un vestuario. No se parece a la imagen que tenía de un gimnasio, de los pocos en los que he entrado en contadas ocasiones. Tras una reja de aspecto carcelario se agolpan bolsas de deporte. En los bancos algo destartalados se cambian una docena de mujeres de todas las edades. Según se desvisten para cambiarse empieza a mostrarse en los cuerpos de varias de ellas la cara visible de mi nuevo enemigo: pechos reconstruidos, cicatrices, hay quien se quita la peluca para ponerse un pañuelo sobre su cabeza desnuda… Van llegando más. Me quedo perpleja al conocer que varias de ellas están en pleno tratamiento, casi recién llegadas del hospital, pero acuden con puntualidad porque, según dicen, esta cita semanal les llena de vida. Todas ellas sonríen y se saludan cariñosamente, intercambian anécdotas, hablan de tratamientos, de ciclos, de secuelas, de medicinas cuyos nombres desconozco, lo mismo que ayer me explicó la doctora, pero en sus conversaciones se menciona con una despreocupación asombrosa. Hacen bromas sobre el pelo que vuelve a brotar, sobre los sofocos, sobre la menopausia. Planifican cenas y hasta escapadas de fin de semana. Poco a poco, este grupo tan heterogéneo de mujeres, de distintas edades, algunas con acento extranjero, va transformándose en un auténtico equipo, con el mismo uniforme, la misma sonrisa. Veo aparecer una chica delgada y con coleta en los torsos de todas ellas mientras el vestuario se inunda de un solo color. Yo también me cambio.

Mi amiga pide un momento de atención y me presenta. Me muero de vergüenza. De repente, me siento arrepentida de haber venido, de tener que convertirme en el centro de atención hoy, que precisamente me he dejado mi mejor sonrisa guardada en casa. ¿Qué les importa a estas desconocidas mi situación? Pero al acabar la presentación todas ellas se acercan a mí para saludarme una a una, me besan, me dan ánimos, me dan la bienvenida a su mundo, en definitiva. No dejarán de estar pendientes de mí ni un solo momento en los noventa minutos que dura la sesión. Tampoco los entrenadores, claramente identificables por sus uniformes amarillos, que parecen volar sobre el tartán sin quitarnos el ojo de encima ni un solo segundo. Al finalizar, los abrazos de despedida duran más de seis segundos y todas me reclaman verme de nuevo la semana siguiente.

En el camino de regreso, le doy vueltas a mi mente. Algo ha cambiado dentro de mí al salir de aquella pista. Me voy con el corazón aliviado y el teléfono cargado de nuevos contactos de valientes que están triunfado en la batalla y ahora lucen orgullosas sus heridas de guerra, de docenas de salvavidas a los que agarrarme cuando sienta que mis brazos ya no puedan sostenerme a flote. Aunque aún me queda un largo camino, siento que quiero ser una de ellas, que una aurora de rosáceos dedos como la que cantaba Homero en la Odisea empieza a despertar dentro de mí, alejando las tinieblas. Desde hoy sé que puedo vencer al cáncer. Que voy a vencerlo. Y que tengo una nueva familia para apoyarme.

Desde hoy soy una chica de “Corre en Rosa”.

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