Desde la barrera – Gracias, Ramiro

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Tiene nombre de rey y apellido que nos traslada a los inicios de la Reconquista. “Ramiro I, el Matamoros” bien podría haber sido un monarca asturiano o leonés empeñado en llevar la frontera del territorio cristiano unas leguas más al sur de las aguas del Bernesga o del Duero. Pero Ramiro vino al mundo en un bello pueblo de la sierra de Gredos hace ya sesenta años, y entre agrestes picos y frondosos pinares transcurrió su niñez. Quizás esa conexión con aquellos primeros monarcas de nuestra historia, o tal vez el destino, que tanto ha influido en otros aspectos de su vida, le llevaron a vivir en otro lugar de estirpe regia, el mismo que ahora le homenajea de la forma que más feliz ha sido en su vida: corriendo.

El 5 de noviembre San Sebastián de los Reyes saldrá a la calle para rendir merecido tributo a uno de los personajes más queridos del atletismo popular español. La prueba se publicita como “la más rápida de Madrid”, un recorrido descendente orientado a que todos nos podamos sentir, como él, campeones por un día batiendo nuestras propias marcas. Y bien está que así sea, pues el recorrido tiene un alto valor simbólico: Ramiro se ha dedicado siempre a hacer la vida cuesta abajo a los demás o, al menos, un poco menos cuesta arriba.

Con su carácter afable y su ilimitada generosidad, nuestro homenajeado ha ido sembrando en su vida amigos y admiradores, casi tantos como kilómetros ha recorrido. Primero se convirtió en el ídolo de los hombres por sus proezas en un tiempo en el que el atletismo, incluso el popular, era un fenómeno con escasa difusión. Luego, consiguió la admiración de los más pequeños, desempeñando uno de los trabajos con los que sueña cualquier niño: llevar un camión lleno de bolsas de patatas fritas, cual Rey Mago de primavera. Y en la etapa más reciente de su vida se ha ganado a las mujeres, a dos centenares de rosas rendidas a sus pies.

Siempre quedará la duda de qué hubiera sido de Ramiro Matamoros de haber nacido unos años más tarde y haber podido acceder a las instalaciones y a los medios técnicos con los que cuenta el deporte de nuestro país hoy en día. En nuestro fuero interno todos pensamos que estaríamos ante uno de los más grandes atletas españoles de todos los tiempos, al nivel de las leyendas que alcanzaron la gloria olímpica, mundial o europea. Prueba de ello es el respeto con el que muchos corredores de élite hablan de él, considerándolo uno más entre ellos.

Su vida ha sido tan singular que decidió crear no una, sino dos familias. La primera, la tradicional, llena de gente maravillosa, de la que es orgulloso marido, padre y abuelo. La segunda es la familia amarilla, a la que ha dedicado media vida y que es su ojito derecho. Ramiro es mucho más que un entrenador para todos los que sacrifican sus jornadas sobre el asfalto del Polideportivo Dehesa Boyal: es un consejero, un amigo, un segundo padre. Cada vez que pasas por la línea de meta le ves charlando con alguien y crees que no te ve, pero te observa. Controla tus ritmos, sabe si estás entrenando bien, intuye si te pasa algo. Nunca falla, haga frío o calor, pregona con el ejemplo y acompaña a sus corredores multiplicando su presencia los fines de semana, repartiendo abrazos, recibiendo parabienes y observando satisfecho los triunfos, pero sobre todo la alegría de sus chicos.

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Hace unos años Ramiro encontró una tercera familia. El destino se equivoca pocas veces y bien sabía lo que hacía aquella mañana que le situó en el camino de Lucía González Cortijo. Una casualidad de la que nació una nueva criatura de la que presumir. Corre en Rosa, ahora ya en su adolescencia como Fundación La Vida en Rosa, es el último de los regalos que nos ha dejado Ramiro. Si Lucía es el alma de este proyecto, Ramiro es el corazón, el callado líder que ha sabido convencer a docenas de mujeres a dar un cambio a su vida tras pasar por un cáncer, a ponerse unas zapatillas y recorrer la vida de nuevo. Ramiro siempre dice que las chicas de Corre en Rosa le han cambiado la vida llenándole de felicidad. En el fondo lo único que hacen es justicia, devolviéndole el entusiasmo y la alegría de vivir que él mismo transmite cada martes y jueves.

A Ramiro debemos que, apenas dos años después del inicio de aquella loca aventura, gran parte de esas mujeres se hayan decidido a correr, sólo por estar junto a él en su día, su primera carrera de diez kilómetros. Y muy lejos de aquí, Lucía y otras cinco de las pioneras en el proyecto, mujeres que antes de su enfermedad jamás imaginaron poder correr más allá de la parada del autobús, estén a unas horas de participar en la mayor fiesta del deporte popular en el mundo, en el sueño de cualquier atleta: la Maratón de Nueva York. Una vez más el destino se ha cruzado, impidiendo que puedan estar presentes en persona para rendir tributo a quien, en último término, las ha llevado hasta allí. Pero cuando sus pulsómetros lleguen al ansiado 42,195 y sus ojos se llenen de lágrimas por la increíble proeza, sus corazones volarán desde el colorido otoño de Central Park hasta un pequeño pueblo de Ávila donde, hace ya medio siglo, un niño correteaba por sus caminos.

De parte de la Fundación La Vida en Rosa, GRACIAS RAMIRO.

Y sigamos corriendo.

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