Desde la Barrera en NY

Cuando Bruno nos preguntó cómo podía publicar en este blog fue algo así cómo “¿¡¡EN SERIO!!?”.

Después de leerle, nos dimos cuenta que había implícita una necesidad de compartir sensaciones muy difíciles de describir y que por su intensidad, necesitan esa calma de pararse un momento a asimilarlas para escribirlas.

Tanto Ignacio (precursor y padre de estos “Desde la Barrera”) como yo, coincidimos en que sin duda esta es la publicación más especial de todas las que llevamos en el blog.

Por muchos motivos… GRACIAS, Bruno.

Ignacio y Gemma

Puedo decir, sin ningún riesgo a equivocarme, que lo que viví con las chicas de Corre en Rosa en el maratón de Nueva York es lo más bonito que he sentido desde el nacimiento de mi hija pequeña en el 2.004, y todo ello a pesar de haber tenido una vida nada tediosa ni aburrida por estar casado con quien lo estoy, pero dejadme que empiece por el principio.

Lucía forma parte de mi vida desde hace 28 años y con ella ha sido todo como en una montaña rusa, siempre trepidante y desafiante. Es muy difícil seguirla, su cabeza va a mil por hora y además, para ella ser oncólogo es un modo de vida y no una simple profesión. Es una doctora absolutamente vocacional donde sus pacientes tienen una prioridad muy clara, como también sus inquietudes en la lucha contra esa detestable enfermedad y en hacer para ellas de esta vida un mundo mejor.

Un día me dijo: Bruno, he pensado algo. Mi primera reacción ante tal frase, ya conocida de antemano por mí, fue ponerme en “modo alerta” porque nunca sabes por dónde te va a salir esa mente inquieta. Me explicó que quería que sus pacientes hicieran ejercicio y se pusieran a correr porque estaba convencida de los beneficios que les podía reportar, aunque ella llevaba apenas unas semanas empezando a trotar cuando nunca antes había hecho ningún deporte. En ese preciso instante, y sin saber cómo esa idea podría cambiar nuestras vidas, y las vuestras, nació Corre en Rosa, que se terminó de cocinar cuando un día cualquiera, en un lugar y circunstancias nada habituales para Lucía, el ángel Ramiro se cruzó en su camino y se ofreció desinteresadamente para entrenar a las Rosas.

A partir de entonces y hasta ahora, Lucía no ha vuelto a ser la misma. Además de sus interminables horarios de trabajo, más todas las horas que pasa en su despacho de casa haciendo los informes, estudiando, y últimamente entregada a su tesis doctoral, dedica mucho tiempo a maquinar como Corre en Rosa o la Fundación La Vida en Rosa pueden seguir creciendo, alimentando sus maravillosas inquietudes, pero lo hace todo con una felicidad que le ha cambiado el brillo de los ojos, esos órganos del que dicen ser el espejo del alma.

Fruto de esas inquietudes, no sin su dosis de locura, decidió que le parecía bonito que un grupo de pacientes acudieran a completar la maratón de Nueva York, casi un imposible para corredores nóveles, y no dudó un instante en ponerse manos a la obra, removiendo cielo y tierra, para hacer realidad su sueño para sus pacientes.

A primeros de este mes de septiembre Lucía me llamó a Colombia, en donde me encontraba de viaje profesional, y me pidió que me sentara. No era un Bruno,he pensado algo, y lo cierto es que no recuerdo que nunca antes me hubiera pedido que me sentara para contarme algo. Acababa de ser diagnosticada de cáncer de mama y pasaba a engrosar la enorme lista de mujeres y hombres que tienen que luchar contra ese diablo, enfrentándose cara a cara con él y sufriendo en sus propias carnes las heridas de esa lucha que comenzó hace tantos años como médico, pero recuerdo que en esa misma conversación me dijo que no iba a cambiar nada de su vida, porque sus pacientes la necesitan, que seguiría corriendo con las Corre en Rosa y los amarillos, y que mantenía su ilusión por correr Nueva York. ¡Qué barbaridad! pensé, en pleno tratamiento correr un maratón….

El 5 de noviembre a las 6:00 de la mañana, junto a Times Square, despedía a Lucía y a las 5 valientes Elena, Mariela, Martha, Olga y Sagrario, junto a Perdi, Manolo y Cosuy, cuando subían al autobús que les llevaría a esa inimaginable experiencia. Sus caras reflejaban una ilusión y felicidad como en pocas ocasiones se ven en ningún ser humano, sin el más mínimo ápice de temor porque se sabían muy preparadas por el gran trabajo previo que hicieron de la mano de sus entrenadores. Una vez se habían marchado, al sentir la soledad del momento, me abordó la imperiosa necesidad de salir corriendo detrás de ese autobús para subir con ellas y correr juntos esos 42 kilómetros y 195 metros, pero ese no era el momento ni yo estaba preparado así que, resignado, empezamos a planificar cómo podíamos encontrarnos con ellas en el recorrido con el ánimo de poder vivir de un modo u otro lo que ellas iban a vivir.

Un grupo de seguidores y admiradores de semejantes heroínas nos desplazamos al kilómetro 11 para verlas pasar y darles ánimos (que no necesitaban). Cuando las vimos aparecer a unos 200 metros empezaron a aflorar en mí un aluvión de sentimientos que me removían como hacía mucho que no experimentaba. Nos fundimos todos en abrazos intensos mientras llorábamos de alegría y emoción, como si aquel encuentro fuera tan fortuito e inesperado como el que tuvo Lucía con Ramiro. A partir de entonces todo fue vertiginoso, embriagante, emocionante y muy difícil de narrar.

Exactamente lo mismo sucedió, inexplicablemente, en el kilómetro 27 aproximadamente, en nuestro segundo encuentro, ya bajo una lluvia fina pero intensa que calaron los cuerpos de esas mujeres que parecían ir volando detrás de su sueño, sabedoras que nada las iba a parar, empujadas por esa energía positiva que recibían de sus Rosas, de sus Amarillos, de sus familiares y amigos sin importar cuán lejos estuvieran de la Gran Manzana.

Pero el culmen fue verlas entrar en la meta de Central Park. Ese momento fue….. ¿cómo fue? Todavía me emociono y conmuevo al recordarlo, ¿cómo describir esos breves instantes con tanto trabajo detrás? ¡Buf!, absolutamente maravilloso, un éxtasis absoluto. No sólo habían conseguido semejante gesta, aquella que todavía muchos nos preguntan si fueron capaces, sino que mantenían esa sonrisa y gesto de felicidad máxima con que subieron a ese autobús a las 6 de la mañana y que retuvieron toda la carrera, hasta tal punto que hubo quien me confesó que tenía la cara más cansada que las piernas.

No creo que Nueva York lo hayan corrido muchas corredoras que haya superado un cáncer de mama, o que todavía no lo hayan hecho y se encontraran en mitad de un tratamiento de quimioterapia, así que si lo consideráis tal vez os podáis hacer una pequeña idea de cómo viví cada uno de los kilómetros que el amor de mi vida iba engullendo acompañada de esas heroínas y sus escuderos, vestidos todos de rosa, jaleados por esos miles de animadores incondicionales que sabían qué estaban consiguiendo esas mujeres uniformadas de ese color tan femenino  asociado al cáncer de mama, demostrando al mundo entero que si se quiere se puede, y que la determinación mueve montañas.

Elena, Mariela, Martha, Olga y Sagrario ya forman parte de mi vida de una manera muy especial, con altos honores. Han hecho realidad el sueño que Lucía tuvo para las mujeres importantes de su vida, sus pacientes, demostrando que toda lucha tiene una recompensa que hace que de verdad merezca la pena. Pero también Perdi, Manolo y Cosuy que las acompañaron en ese trance iniciado muchos meses atrás con tanto sacrificio, ejercicios, tiradas, cambios alimenticios, y adecuación de horarios, teniendo siempre muy presente al jefe, Ramiro, que no pudo acompañarlas. Y gracias siempre al Dr. Serratosa y a Ángel (“el mejor fisio del mundo”) que han ayudado a Lucía, con los ejercicios de fuerza planificados especialmente para ella a conseguir llegar a la meta indemne a pesar de los 3 ciclos quimio “come músculo” previos al maratón. ¡Qué grandes sois todos!

Pero nada de esto hubiera sido posible sin TODOS los implicados en Corre en Rosa y en la Fundación La Vida en Rosa, porque son todos ellos, donantes, beneficiarias, implicados de un modo u otro como los entrenadores, colaboradores y patronos los que hacen posible que este maravilloso sueño y otros muchos se puedan hacer realidad. Para todos ellos mi más cariñoso y sentido agradecimiento.

No quisiera pasar por alto, igualmente, mi agradecimiento a Proyectos con Duende, que desde que conocieron el proyecto de “Corre en Rosa en Nueva York” tuvieron muy claro que querían formar parte del proyecto y financiar una parte importante. Nombrar duendes a nuestras Rosas y unirlas al desafío junto a Ramón Arroyo, el Mago More y Adrián Ortíz fue una magnífica idea. Los momentos que compartimos con ellos estuvieron marcados de un aura muy mágica, propia de lo que eran, duendes.

Ahora, más que nunca, quiero gritar a los cuatro vientos, cual caballero blandiendo su espada, alzada en lo más alto ¡LARGA VIDA!

Bruno

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1 Comment

  1. Querido Bruno, se suele decir la frase :”detrás de un gran hombre existe una gran mujer”… y yo digo como en ese lema de los Reyes Católicos tanto monta monta tanto Lucía como Bruno …. sin conocerte mucho solo a través de algún saludo o encuentro fugaz, creo firmemente que a ti te debemos en gran medida la creación de Corre en Rosa y la Fundación, que tan feliz nos hace a los miembros que la componemos. Ambas no existirían sin ese apoyo tuyo incondicional, ayuda y empuje que prestas a Lucía, a nuestra querida Lucía. Por ello las grandes mujeres como ella, esas locas maravillosas, saben escoger a grandes hombres que las acompañan en este camino vital llenándolo de AMOR….. mil gracias por tu compartir tan entrañable y sincero 💕💕💕

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