Desde la barrera – El reto de todos

CSC_0892

En una pequeña sombra se paró para recuperar el resuello y beber algo de agua. Tenía la garganta seca y los pies hinchados. Tras varias horas de carrera, sus músculos no le respondían y debía luchar constantemente contra las múltiples señales que le enviaban todas las partes de su cuerpo suplicándole que no continuara. Sin embargo, sabía que no podía detenerse, cada instante contaba y era fundamental llegar cuanto antes. Con un enorme esfuerzo, superando su deseo de abandonar, se volvió a poner en camino, padeciendo el abrasador sol de finales del verano, deseando poder encontrar alguna referencia que le indicara que la meta estaba cerca.

Finalmente, al coronar una pequeña loma el terreno despejado de vegetación le permitió divisar su destino final. La pequeña ciudadela se erguía orgullosa, y su silueta de piedra refulgía bajo el deslumbrante cielo mediterráneo. Era aún un lugar modesto, donde apenas habían comenzado a dar sus primeros pasos el arte, la política, el teatro, la filosofía. La última parte del camino se le hizo interminable, el aire no le llegaba a los pulmones, su corazón latía como un caballo desbocado y la vista se le comenzaba a nublar. Apenas le dieron las fuerzas para alcanzar las puertas de la muralla y comunicar la noticia a los centinelas que guardaban la ciudad: el enemigo había sido derrotado.

No se sabe con certeza el nombre del protagonista de la hazaña. Ni siquiera si es real, o si fue protagonizada por un hombre o por un dios, tan dados estos a mezclarse en las cosas terrenales en la antigüedad. De lo que sí hay constancia es que muchos siglos después un filólogo francés, Michel Breal, le propuso al Barón de Coubertin, para los primeros Juegos de la era moderna, la organización de una carrera que reforzara el nexo de unión con la antigua Grecia, e incluso se ofreció a pagar un trofeo de su propio bolsillo. Un vendedor de agua ateniense, Spiridon Louis, sin apenas preparación deportiva, tuvo el honor de ser el primer vencedor de la maratón olímpica en poco menos de tres horas. Louis, que era novato en el atletismo, no volvería a competir en su vida: se retiró tras los Juegos a su pueblo natal a trabajar como granjero y luego como agente de policía.

La maratón es no solo en la prueba reina del atletismo, sino, seguramente, en la competición deportiva más hermosa, y a la vez cruel, que pueda imaginarse. Todo es épico en ella, hasta su extraña longitud de 42.195 metros, que no se corresponde con el recorrido entre las dos ciudades griegas, sino con la distancia que hay entre el castillo de Windsor y el estadio Olímpico de Londres que se cubrió en la prueba de maratón de los Juegos de 1904. La maratón permite al corredor participar de una leyenda que tiene 25 siglos de antigüedad, revivir en persona el sufrimiento de un hombre que corrió para transmitir una noticia que cambiaría para siempre la historia de Occidente.

Cualquier persona que se calza unas zapatillas sueña con correr la mítica distancia al menos una vez en su vida. Y una vez que se prueba, para muchos se convierte en una adicción, hasta el punto de que sus vidas comienzan a regirse no por estaciones, sino por maratones.

Manuel Ibáñez Macías, Manolo, se subió más tarde al tren de Corre en Rosa, hace ahora casi un año, en aquella media maratón que terminó con el corazón rosa y la pierna morada. Fue un flechazo tardío, pero a primera vista: el proyecto le ha conquistado hasta tal punto que hoy es uno de los primeros embajadores de la causa. Nos ha regalado ánimos, sonrisas, gestos de generosidad, innumerables horas de entrenamiento robadas a su extraordinaria familia y, además, una canción convertida en himno oficioso del proyecto.

Todavía insatisfecho con su nivel de implicación, Manolo escogió la prueba más bella para el reto más bello. Había renunciado a disputar a su ritmo la maratón de nueva York para acompañar a las rosas en su formidable desafío de “Duendes en NY”. Llevaba tiempo, demasiado, sin correr una prueba larga en serio, sacrificado siempre por acompañar a sus rosas hasta la línea de meta. Pero tenía ganas de probarse, de superarse, de retar sus límites. Y, como hacen todos los maratonianos, grabó con fuego una fecha el calendario: el 25 de febrero de 2018. Sevilla, una ciudad llana, un clima benigno y la posibilidad de coordinar la preparación con los muchos amarillos que se habían apuntado a la carrera.

Manolo ya no sabe correr sin pensar en rosa, así que decidió convertir su esfuerzo individual en un reto colectivo, comprometiéndose a donar una cantidad a la Fundación “La Vida en Rosa” y animando a amigos y conocidos a hacer lo mismo. En una vuelta a la Grecia clásica digna de esta prueba, Manolo quiso reinventar las matemáticas con una serie de complicadas fórmulas para calcular las aportaciones a la Fundación en función del tiempo estimado y el tiempo real de su carrera. No nos atrevimos a decirle que no habíamos entendido nada, pero a nadie le importó ese detalle: nuestro compromiso con la Fundación y con su causa no se puede medir en números ni en tiempo.

Con la ilusión de un niño y la dedicación de un fanático, Manolo llevo a cabo un entrenamiento implacable, con la penosa coincidencia de que nos haya saludado de nuevo el invierno, visitante huidizo que este año ha decidido hacer acto de presencia desplegando todos sus encantos, desde las heladas mañaneras hasta el blanco manto que ya habíamos comenzado a guardar en la cajita de los recuerdos de la infancia. Ante condiciones tan extremas, al finalizar su preparación no estaba listo para una maratón, sino para ir a Vietnam. Todo complementado con una dieta que fue una auténtica tortura para alguien que debió ser inspector de la guía Michelín en alguna vida anterior.

Solo un nubarrón se asomaba para oscurecer su gran día: ninguna de las rosas podría acompañarle en el reto. Pero mientras él se preparaba resignado para la soledad del eremita en su día más señalado, toda una operación de desembarco en la ciudad hispalense se preparaba a sus espaldas.

DSC_0716

Manolo no estuvo solo. No podía estarlo, después de todo lo que ha hecho por estas chicas. El día de la carrera, una pancarta rosa y un alborotador grupo de animadores le esperábamos junto al Guadalquivir. Nuestra única pena era no poder acompañarle todos los kilómetros, inalcanzable su ritmo para los mortales, deseosos de que alguien pudiera llevarle en volandas hasta su sueño. Y entonces, una vez más, como siempre en este maravilloso grupo, ocurrió lo inesperado. Mientras escudriñaba por el objetivo presto a fotografiar a todo amarillo que se acercara, mi cámara se convirtió en catalejo y la Torre del Oro retrocedió a sus tiempos de esplendor, testigo mudo del paso de las riquezas del Nuevo Mundo. En lontananza, se vislumbraba una silueta sonriente, un loco aventurero mezclado en el enjambre de corredores, un conquistador dispuesto a comerse a zancadas un nuevo continente. Con su barba de sargento confederado y las uñas de las grandes citas, Perdi siempre aparece. Es el séptimo de caballería dibujándose en el horizonte cuando las flechas del enemigo comienzan a silbarnos en los oídos y ya no alcanzamos a distinguir si el ruido de los cascos es el de nuestros corceles o del de los apaches que nos pisan los talones. “Ya nada puede salir mal”, nos dijimos, eufóricos.

Gritamos, saltamos, cantamos, corrimos hasta los diferentes puntos de animación que nos habíamos marcado, emocionados por verles pasar apenas unos segundos. Y al final, en la tensa espera de la llegada, ya dentro del Estadio Olímpico de La Cartuja, fuimos viendo a todos los guerreros amarillos enfilar los últimos metros por la misma pista donde hace 19 años las leyendas del atletismo alcanzaron la inmortalidad. Cerramos los ojos y abrimos la mente para ver a Rubén Tenorio transformado en Abel Antón ganando la prueba reina ante un público rendido. Daniel Domingo era Michael Johnson dejando un 43,18 para la historia. Carlos Monta se convirtió en Hicham El Gerrouj. Mar cambió de hemisferio para reencarnarse en Cathy Freeman, José Luis fue Wilson Kipketer y en Rulo pudimos percibir la amplia sonrisa del gran Haile Gebrsselasie, todos ellos campeones del mundo en aquel verano inolvidable de 1999 en el mismo escenario. Finalmente, en la cúspide de nuestra ensoñación, imaginamos que todos los aplausos de la grada eran para los dos héroes que emergieron del túnel vestidos con nuestros colores, portando una cinta en la que iban todas ellas y mostrándole al mundo por qué la vida es rosa.

Y al cruzar la meta, todos gritamos al unísono lo mismo que Filípides al llegar a Atenas para anunciar el desenlace de la batalla contra los persas: “¡Nenikékamen!”. Hemos vencido.

DSC_0888

IMG-20180303-WA0001

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s